sábado

citadel o los aliados

Hablaba de la revolución pero a veces había noches en las que sabía que se iba a dormir con ganas de agarrar un palo de amasar y salir a tomar un rancho en la punta del límite de la frontera de algún lugar, una parada en medio de la ruta que ni siquiera simule ser una terminal improvisada. Después comía un tostado y cantaba los últimos tres minutos y medio de un disco antes de se termine la pila mientras caminaba por la calle rogando mendruguitos de música hasta la esquina, al menos. Me dijo anoche "Boluda, cómo no voy a ser el mejor garche? ¡tengo proyector!" y el vino que había empezado a respirar después de andá a saber cuántos años se desparramó desde la copa al sillón, desde mi boca hasta todo lo que pudiera caminar llorar caerse a un pozo. Tomar un rancho y tratar de impedir el estallido del vino que desde un momento se había vuelto inminente, catastrófico a veces: los codos se aflojan y de pronto las rodillas, la luz de mi cuarto a la tarde o un tanque de agua.

domingo

todos los días pájaros, y los que no, tres tragos

Así de fácil: mientras desparramaba sus miserias en mis brazos abiertos hablaba de la fortuna que acechaba en todo lugar donde arremetieran las puntas de mis dedos.  Me impresioné, lo admiré y al final no le creí nada.
Lo primero que supe es que era uno más de esos que toman tres tragos sólo para poder entrar a la casa y decir, como al pasar, hola. Después pensé en la obligada flecha entre los tres tragos y como al pasar.
Pero entonces poco importaba hablarle de la plenitud o del olor a la mañana del once de enero. Sólo podía pensar en los tres tragos y en la estrella que me atribuía. Poco importaba que yo quisiera mostrarle todo lo que había aprendido o le contara de esos pocos minutos en el mundo en que me deshago en átomos y alguien lo nota. Y él en seguida dijo que entonces ese alguien debe morir porque ahora y desde ese momento sabe demasiado. Y creo que por eso me quedé. Por eso y para contarle que así cualquiera quiere tostadas todos los días y luz entre las persianas.

viernes

Antes los pibes nos cortejaban: ahora y a veces se caen de minita

Caminamos por Córdoba con minch en medio del verano y con dos helados del futuro. Pero antes nos habíamos visto en un espejo público mientras añorábamos ciertas facetas de los dieci.Y antes de eso alguien dijo: vos sos una mujer-ave, pero sólo después de haber dicho: yo soy un gato-nutria-volador. 




(Y eso es como decir, hoy y más que siempre, una línea recta hacia).

martes

cinco cervezas y dos años y medio después

Me preguntó anoche si recordaba lo que era levantarme en medio de un cerro,
ver la cumbre para anticipar la tormenta o las tardes húmedas de sol.

Salías al balcón de un primer piso y veías el cerro ¿no extrañás eso?, me preguntó anoche.
Le dije que sí, y que además recordaba haber llegado a una ciudad desierta un diez de enero, le dije que también me acordaba cuando, de un momento a otro, la ciudad desierta se pobló de chicos con bombuchas que mientras me acorralaban me miraban el culo. Al principio me incomodó hablar porque delataría mi condición de forastera. Pero después les dije que iba al hospital y casi sin darme cuenta (y gracias al juego de quemar las retinas) mantuve el simulacro hasta la puerta de la Clínica Modelo.
El cerro siempre nos volvió locos. El baúl de un renault dieciocho rural provisto para una cantidad de personas infinito puntito rojo respecto de Sebastián y de mí. Hablar de Germán, de las cartas previas a un viaje a Brasil.
Cuando nos dábamos cuenta siempre era de día: en el cerro, en la terraza, en mi balcón, en los banquitos de abajo de casa. Siempre una guitarra y siempre fernet. Y yo odiaba el folclore y en ese entonces lo que el fernet le hacía a mi estómago.
Sí, me acuerdo el momento exacto en que pasó todo lo que pasó:
El ruido del balde que se llenaba y escuchar desde la cama que abajo y siempre a las siete en punto Juan no cerraba nunca bien la canilla,
ir al video póker de Muñecas y comer sanguchitos de miga y coca o fernet en vez del colegio,
ratearme y encontrármela a mi vieja de frente en la calle,
ver llegar a mis hermanos,
abrir la clase de historia durante dos años seguidos porque la Mataca deducía que como yo era porteña entonces:
puta
drogadicta
jipi
prepotente.

Y que entonces debía pagar por eso.

Me acuerdo de Agustín, y de cómo una noche y pocas semanas antes de irme vino a casa y recién después de cinco cervezas y dos años y medio dijo que no quería ser mi amigo, que nunca había querido ser mi amigo. Y yo le dije que era un tarado. Así que no fuimos amigos por el tiempo que quedó: poco más de un mes entre cajas, preparando matemática, pegada a los banquitos, agarrada del pasto del cerro y caminando de la mano. Era verano y nos tirábamos en la galería de mármol que daba a plaza Urquiza, en ese momento lo único en Tucumán que no llegaba a los cuarenta y dos grados.
Me dijo que se acordaba de mis desmayos, y de lo ridícula que me veía con el frasquito de sal gruesa. Y qué querías que hiciera, veía todo negro y de pronto me estabas levantando del suelo. Que una vez casi me desnuco, y que él empezó a ponerse nervioso y fue un momento horrible.

Me preguntó si recordaba lo que era levantarme en medio de un cerro,
ver la cumbre para nunca haber anticipado ni la tormenta ni las tardes húmedas de sol.


viernes

Hoy, sí

dicen que hay algunas personas que no pueden lidiar con el éxito.
yo digo que hay que meterles la cabeza en el inodoro.
una y otra vez.
Orquesta de vísceras,
Compás de baldosas, y el barro debajo de.
Bocinazos.
¡No!
Pulsera brillante,
rostro brillante,
rostro de pulsera.

Traductor

(...) Abrió las cortinas, en ninguna de las casas de enfrente había luz. Se quitó el vestido de satén y el tipo le encendió otro cigarrillo. Antes de que se bajara las bragas el tipo la puso a cuatro patas sobre la mullida alfombra blanca. Lo sintió buscar algo en el armario. Un armario empotrado en la pared, de color rojo. Lo observó al revés, por debajo de las piernas. El tipo le sonrió (...). Amberes

rodillas

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de playmovil

en Cobstrucción

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¡Cuidado! Hombres Trabajando